jueves, 4 de marzo de 2010

Terremoto

Me ha echado a perder la vida, junto a otros tantos millones de personas. Ya nada es lo mismo, ni siquiera el paisaje o la cara de las personas. Los rostros se ven sombríos a pesar de que el terremoto fue hace cuatro o cinco días. Nadie ha dormido bien ni se ha relajado, al menor ruido extraño nos ponemos tensos, damos un salto y comienza a latir apresuradamente nuestro corazón, queriéndose salir por la boca.
Los terremotos tienen olor a polvo, a electricidad, a tierra, a pintura, es un olor indescriptible. Nadie nunca sabe cuando parará; tampoco sabemos cuál realmente es el lugar más seguro como para cobijarse. Es que con estos terremotos de 8.8º Richter nada es seguro. Mi amor que es extranjero me decía: -"debiste ponerte bajo el marco de la puerta que es más seguro y nunca se cae"... pero eso cree él. Aquí se cayeron, se doblaron y no resistieron nada.
Durante mi larga vida he podido observar que todas las cosas pierden su forma con un terremoto, que no existe la perspectiva, que lo rígido se dobla yendo y viniendo como si fuese de goma. Las paredes bailan y oscilan formando ondas, que si fuera otro nuestro punto de vista, hasta lindas las veríamos. Pero no, porque son aquellas que nos protegen del frío, de la lluvia, del calor, son nuestro refugio y vemos con horror cómo nuestra guarida de desdibuja corriendo el riesgo de desmoronarse ante nuestros ojos y sobre nuestro cuerpo, que sea como sea su contextura, a esa hora parece tan frágil.
A mi no me pasó la vida frente a mis ojos, pero si pasaron los rostros de todos aquellos seres a quienes amo y a quienes necesitaba saber que estarían vivos y bien. Cuando pensé que cierto momento de lucidez sería el último que tendría porque todo se vendría sobre mi, evoqué el rostro del hombre que amo. Tuve angustia y en ese momento decidí vivir. No me quedaría sin cumplir mi sueño. Rápidamente busqué el lugar más seguro (junto a la cama en el suelo, abrazadita junto a mi pequeño Franco de 9 años) y dio resultado, porque ante tanta oración, el techo que se salía y se ponía, las paredes que ondulaban, el suelo de la habitación que se encrespaba, obedientemente volvieron a su lugar de origen sin dejar ni una huella de su reciente rebelión y caos.
Estuvimos dos días sin agua y luz, pero ya ha pasado. Ahora vivimos las horribles réplicas, con el corazón en la mano. Tengo una desobediente teoría personal: Esto que acontece a cada rato no son réplicas, no son acomodos, es el Principio del Fin. Una Era termina para dar paso a otra. La gente que aquí vive ha enfermado al planeta, lo ha empobrecido, lo ha dañado y no lo ha respetado ni tanpoco lo ha tratado con amor y agradecimiento. Por eso hay que hacer una renovación profunda. Se quedarán aquí los que amen a Dios, a la Naturaleza y a sus semejantes. Seguramente para que eso acontezca, le pasará a algunos continentes como le sucedió a la Atlántida, es decir, se hundirán bajo el mar. En cualquiera de los casos, ya NADA es igual.
¡QUE DIOS NOS ENCUENTRE CONFESADOS!